Cultura

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31 de enero de 2013 • 14:39 • actualizado el 11 de marzo de 2013 a las 20:50

Dan Brown, de cazador de tesoros a fabricante de 'best sellers'

Dan Brown, fabricante de 'best sellers'
Foto: EFE en español
  • Gonzalo Izquierdo
 

Dan Brown,el responsable de ‘El código Da Vinci’, uno de los diez libros más leídos de la historia, publicará el 14 de mayo ‘Inferno’, cuarta entrega de las aventuras de Robert Langdon. Aunque no llegará a España hasta el próximo verano, tratamos de revelar algunas de las claves de un escritor ‘blindado’ contra la crítica que convierte en fenómeno social la salida de cada uno de sus libros.

Un juego de niños muy lucrativo

Muchos dirían que Robert G. Brown no era un padre convencional. Este profesor de matemáticas de la Phillips Exteter Academy, New Hampshire, disfrutaba escondiendo los regalos de sus hijos y organizando pruebas que llevaban a los pequeños a recorrer la ciudad siguiendo las pautas de un ‘mapa del tesoro’ diseñado para la ocasión.

Brown inculcó a sus vástagos la afición por descifrar anagramas y acertijos, enseñanza que años después el mayor de ellos pondría en práctica con singular fortuna al trasladar su hobby al ámbito de la creación literaria. Códigossímbolos y criptogramas se convertirían en la materia prima de unas historias que atraerían la atención de millones de lectores mezclando con pericia elementos propios del ‘thriller’, la novela de suspense y la narración cinematográfica.

De esta manera, Dan Brown trasladó a sus personajes la pasión por desentrañar esos misterios que marcaron los juegos de su infancia, convirtiendo a ese cazador de tesoros domésticos en el  escritor de mayor éxito de la reciente historia de la literatura. El éxito internacional de ‘El código Da Vinci’ (Umbriel, 2003) sacó del anonimato a este profesor que a mediados de los noventa abandonó su labor docente para dedicarse de lleno a la escritura.

‘La fortaleza digital’, ‘Ángeles y demonios’ y ‘La conspiración’ fueron sus primeros intentos por destacar en el mercado editorial (más allá de dos trabajos humorísticos escritos junto a su esposa, Blythe Brown). Las tres novelas pasaron desapercibidas hasta que el ‘fenómeno Da Vinci’ las aupó a las listas de los libros más vendidos gracias a la demanda de cualquier cosa que llevase impresa la firma del escritor norteamericano.

Rodeado por una lucrativa aureola de controversia, el cuarto trabajo de Dan Brown permaneció 144 semanas en la lista de los más vendidos del New York Times, 54 de ellas en el primer puesto. Sus más de ochenta millones de ejemplares vendidos lo colocaron en el ‘top ten’ de las obras más leídas de la historia junto a ‘La Biblia’ o ‘Lo que el viento se llevó’.

El anuncio de la publicación de su nueva novela el 14 de mayo en Estados Unidos y Canadá ha supuesto el pistoletazo de salida para la espectacular campaña de marketing que se desplegará en los próximos meses. En ‘Inferno’, que tendrá una tirada inicial de 4 millones de ejemplares, recupera al personaje de Robert Langdon, los escenarios europeos (la vieja Italia) y motivos culturales tan populares como el infierno imaginado por Dante Alighieri.

La precisión de una fórmula

En Brown, las matemáticas juegan un papel esencial, no tanto por sus mareantes cifras de ventas o por el peso de la numerología en sus tramas como por la precisión con la que el autor sabe aplicar una fórmula de probado rendimiento comercial. Uno de los efectos colaterales de la acogida de ‘El código Da Vinci’ fue la proliferación de sucesores e imitadores que pretendieron repetir el éxito aplicando unos patrones narrativos (sociedades secretas, asesinatos, enigmas por resolver, etc.) que acabaron conformando un género en sí mismo.

Junto a estos libros, aparecieron una serie de obras que dedicaban sus páginas a ‘aclarar’ algunos de los misterios planteados por Brown o a atacar la verosimilitud de sus hipótesis. ‘El código Da Vinci al descubierto’ (Ediciones B) de Michael y Veronica Haag o ‘El código Da Vinci: la investigación’ (RBA) de Marie-France Etchegoin y Frédéric Lenoir son solo dos ejemplos.

Esta bibliografía ‘complementaria’ nos puede ayudar a desentrañar las razones del triunfo de un autor representativo del concepto ‘best seller’, cuyos estándares fueron instaurados por ‘Love Story’ en la década de los setenta. La novela de Eric Segal, creada a partir del guion de la película homónima, suele ser considerada el título fundacional de este ‘género’ tal y como lo entendemos en el siglo XXI.

El arte del buen vendedor

Dan Brown aplica una fórmula matemática al terreno de la ficción y, pese a quien pese, hace bien su trabajo. Maneja con soltura los mecanismos del ‘thriller’, dosificando las sorpresas y giros argumentales. Utiliza la técnica del ‘cliffhanger’, finales de capítulo que dejan una subtrama en lo más alto para retomarla tiempo después. Construye personajes basados en arquetipos carentes de profundidad, pero reconocibles por cualquier tipo de público. Adereza las historias con algunos toques de romance (por inverosímil que pueda resultar), ampliando de esta forma su abanico de lectores.

Sus libros son adictivos por definición y cuesta ‘resistirse’ a la maquinaria de promoción que rodea su salida al mercado (suelen ser “los más esperados de la década”, “de los que todo el mundo habla”, “los que no te puedes perder”). No importa que sus tramas no resistan un análisis serio (tampoco lo pretenden), ni que las polémicas que acompañan cada una de sus novelas despierten cierta suspicacia.

Brown narra con la velocidad propia de una película de acción ‘made in Hollywood’, sin lugar para los tiempos muertos ni para las reflexiones de hondo calado intelectual. Se suele afirmar que sus clientes potenciales son aquellos que compran libros en las grandes superficies, pero incluso los amantes de la ‘buena’ literatura en ocasiones no se pueden resistir (aunque sea para poder criticar después ‘con fundamento’).

Sus novelas son el equivalente literario a esas películas que divierten al espectador avasallándole con todo tipo de estímulos para desaparecer de su memoria poco tiempo después. Entretenimientos postmodernos vestidos con cierto ropaje de 'lata cultura' (las referencias a la obra de Da Vinci, sin ir más lejos) que no ocultan su condición de productos destinados a aumentar los dividendos de su autor. Si estas obras carecen de ambición literaria, o si este hecho supone un problema en sí mismo, es harina de otro costal.

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